7 jul 2010

Casi perfecto


Cuando era niña me inventaba historias, me imaginaba en lugares y situaciones que sólo podían existir en mi mente, cuando era niña la vida no fue fácil, soñar era mejor que estar despierta. Me hice de esa rara costumbre, de contarme historias fantásticas donde era la heroína; siendo mayor imaginaba mi vida perfecta, trabajo perfecto, casa perfecta, y esas cosas que uno cree imposibles; en una de tantas elucubraciones diseñe a mi hombre perfecto, ese casi príncipe azul que me haría feliz por siempre. Y así lo imagine:

Me gustan los hombres más altos que yo, eso era esencial, me gustan de cabello quebrado o chino, me gustan que sus ojos transmitan algo y que su voz me provoque llamarle por horas. Físicamente no lo tenía muy claro en mi mente, pero las cosas que quería compartir si:


Quiero un hombre que me cause admiración
Quiero un hombre con quien pueda
sentarme a tomar café
Quiero un hombre con quien escuchar música
Quiero un
hombre con quien conversar de lo que sea.
Quiero un hombre que me haga
reír.
Quiero un hombre que me explique cosas de la vida que no
entiendo.
Quiero un hombre que le duela verme llorar y me abrace fuerte sin
preguntar más.
Quiero un hombre que sea feliz de despertar conmigo.
Quiero
un hombre que lea el periódico
Quiero un hombre con quien viajar
Quiero un
hombre que me trate suavemente.



No quería un príncipe, y sigo sin quererlo, pero era un sueño de mozuela; hasta que lo encontré, sí, lo encontré y no podía creerlo, mi hombre perfecto, era de carne y hueso, respiraba, habitábamos el mismo planeta y al mismo tiempo. Conversábamos mucho, creo que nuestra primera conexión fue la música, le sorprendían mis gustos, nada de pop insulso y sin sentido; a mi me encanto el café que preparaba, a veces me invitaba a caminar mientras lo tomábamos y eran momentos maravillosos, me contaba de su vida y yo de la mía; crecimos en caras opuestas del mundo y eso no impedía ser tan parecidos, a veces le llamaba contándole mis penas y siempre sabía que decir, siempre le daba calma a mis pensamientos y otras tantas me decía “no mames” y reíamos mucho. Me prestaba su periódico, a veces llamaba y me decía ven a verme para platicar. Era perfecto, excepto por la mujer con quien se caso años atrás, me enamoré perdidamente de él y nunca se lo dije, ni a él ni a nadie, estaba lejos de mis posibilidades, mi hombre perfecto no era para mi, y por supuesto que tampoco se iba a enamorar de alguien como yo, pero me reconfortaba saber que éramos amigos y quizás algún día cuando me casara, tuviera una familia y ambos fuéramos viejos le confesaría ese amor platónico que despertó en mi.

La vida nos separo y la distancia física entre ambos era bastante, verle ya no era tan sencillo aunado a sus múltiples ocupaciones laborales y familiares; mantuvimos contacto por correo electrónico, nos escribíamos por lo menos una vez a la semana, me encantaba leerlo por la mañana; un día recibí el mejor correo de mi vida, hasta hoy lo considero un tesoro, un correo donde me narraba un sueño donde ambos éramos protagonistas de una bella historia de amor, una historia inconcebible hasta ese día, un correo donde me confiesa estar enamorado de mi; quede muda, quede congelada, pensé que estaba soñando, no supe que responder, creí entender mal, lo leí más de diez veces.

Ante mi silencio llamó y me confesó estar enamorado de mi, y le confesé que de igual manera lo estaba de él, que durante todos los años que compartimos me di cuenta que entraba en el molde de hombre perfecto que imagine años atrás, que tenía todo lo que buscaba y quería, que era más de lo que imaginaba. Por primera vez en mi vida camine en una nube, mis suspiros eran tan profundos que quería hacerlo aparecer en ese instante, abrazarle y tenerlo para mi, para siempre, aunque para siempre fueran un par de segundos.

Así desatamos una tormenta de correos llenos de fuertes declaraciones amorosas, de las veces en que morimos por besarnos, de sus ganas y mis dudas, de ensayos sobre lo correcto y lo incorrecto, llenos del miedo a enamorarme perdidamente de alguien que no sería para mi, de robarme algo que no me pertenecía y él hablaba del silencio que guardamos años atrás, que si el mundo nos había juntado debíamos aprovecharlo, no pensar, sólo sentir y dejarnos llevar, el mañana no tenía nada que ver con nuestro momento.

Planeamos nuestro encuentro tiempo después, finalmente nos reencontramos y nos reconocimos, tuvimos largos y lentos besos apasionados, minutos que se hicieron eternidad en mi memoria, sus brazos rodeando mi cintura, sus manos en mi espalda, mis manos en su cuello, mi cuerpo en el suyo, su cuerpo en el mío.

Y como dice la canción “no supiste dar el salto de tu miedo hasta mi abrazo”. No me atreví a llegar más allá de ese encuentro, no me atreví a verle más, no me atreví a robarlo, lo deje ir, me fui, me gano la cobardía y sólo quedo el silencio entre nosotros. Lo extrañe como si hubiésemos estado juntos siempre...

El mundo ya dio la vuelta y aún tengo días de nostalgia, días en que escucho esa canción “Eres casi el hombre perfecto” me siento frente a la computadora a leer esos correos, ese romance de largos párrafos, esas frases que me arrancan suspiros; que me hacen jugar al “hubiera”, esas frases que me montan nuevamente en mi nube de sueños. Quizá en otra vida, en otra circunstancia, en otro instante, la vida nos haga reales, de carne y hueso uno frente al otro, desaparecerá el abismo de dudas y miedos; en otra vida, en otro instante se materializará y al abrir los ojos me encontraré con mi hombre casi perfecto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario