9 abr 2010

Miranda

13122009

Miranda es el nombre que soñé para ti muchos años atrás, mucho antes de saber cómo y cuándo llegarías; una tarde de octubre supe que ya estabas en camino, no se explicarte la mezcla de alegría y miedo que invadió mi ser, era un revoltijo extraño de emociones, pero no pude más que sonreír y sentirte cada día que estuviste dentro mío. Hice planes, te hice promesas, te conté historias y te dediqué canciones.

Te regalo la sal de mis historias
Te comparto mi fuerza y mi debilidad
Te muestro el cielo al que también llamamos gloria
Te regalo mi voz, mi libertad
Te regalo mis fotos preferidas
Te comparto mi humana condición
Te llevo más allá del limite y medida
Me convierto en tu amiga la mejor


Eso seríamos, mejores amigas, compañeras, siempre juntas contra todo pronóstico... pero la vida, Dios, el destino, no se quién y por qué razón decidió que la mañana del 19 de marzo tu corazón se detuviera llevándose el mío, aún recuerdo las palabras más duras que alguien me ha dicho: “lo siento pero su bebé ya no esta vivo”

Sin dudarlo un segundo hubiera dado mi vida a cambio de la tuya, hubiera dado lo que tengo y soy a cambio de verte sonreír, de verte correr...

Así comenzó este largo camino que ha sido abrir los ojos, recuperar mi fe y renacer, pero sobre todo de entender mi lección de vida y mi razón de existir.

Han sido días duros sin ti, pasajes laberínticos, partí sin rumbo, me perdí, salí huyendo de mi casa, de mi gente, de mi ciudad, esperando que el dolor y la soledad de apoco me desdibujaran, me consumieran hasta llegar a ti; pase largas noches sin sueño, largos días en cama, cigarrillos cortos consumiéndome y poca comida para acompañar, con los pies fríos de caminar en la oscuridad.

Me atacaron los “hubiera” los “supuestos”, me ataco la culpa, la desolación, el desahucio... y sin darme cuenta llegaron las respuestas, no las que quería escuchar, pero finalmente respuestas, comenzó el aprendizaje, el encuentro con mi alma, llegaron las personas y lugares correctos, llego la fuerza y el valor de seguir.

Miranda, hoy quiero que te sientas orgullosa de haberme elegido como tu madre, te doy las gracias por las 23 semanas que me regalaste, hoy se que sin ti, sin tu partida no sería quien soy.

Aprendí a quererme tal cual, a perdonarme, a respetarme, a escuchar mi corazón; que puedo caer más de una vez y la importancia radica en la forma de levantarme y no las razones por las que caigo, que sólo tengo aquí y ahora, a no coleccionar culpas, que el rencor y el odio ocupan demasiado espacio y son una carga inútil.

Hoy sonrío orgullosa al decirte que encontré mi alma y recupere la fe, que las lecciones nunca terminan, aprendí, desaprendí, reaprendí, me desprendí, me reinvento, sigo en el camino, sigo soñando, sigo viajando.

Siempre voy a extrañarte, ya no tengo miedo de vivir y tampoco de morir, se que nuestras almas algún día se encontrarán y finalmente te escucharé reír.

Gracias por enseñarme la lección más grande: el amor, hoy se que esa es nuestra misión más importante; nuestra obligación y derecho es ser felices.

“El fin de amar es sentirse más vivo”

Atte. Tu madre

5 abr 2010

INÚTIL TIMIDEZ

Romance, he leído tantas historias sobre él, estudios y análisis psicológicos, físicos y químicos, he visto todas las versiones en cine de boy meet girl –boy lost girl – boy recovers girl, siempre funciona; también los he vivido: largos, de un sólo encuentro, intensos, apasionados, inocentes y perversos, puedo sentarme a escribir horas sobre el tema, diseccionar a cada una de mis parejas en este escritorio, pero siempre tenemos una historia en particular que es difícil olvidar; no, la mía no es una historia apasionada, no es una historia de amor, pero es una buena historia sobre lo que no se debe hacer, o un gran despliegue de mi inútil timidez. Así que expondré este caso tratando de defenderla:

Era una mañana no de tantas, lo parecía, era aún muy temprano para saberlo. Hice mi ritual de todos los días laborales, baño, vestirme y arreglarme para ir a la oficina, se me hizo tarde, no recuerdo la razón, sí fue el tráfico o quedarme bajo la regadera pensando en algo; en esta ciudad nunca faltan las situaciones para llegar tarde y peor aún viajando en transporte público, salí del metro magullada, pisoteada y un poco despeinada por el tumulto de mujeres salvajes y desesperadas por no perder su bono de puntualidad, a mi en realidad me importa poco, no tengo esa prestación-amenaza, el tiempo que llego tarde debo reponerlo; pero tenía una reunión comenzando el día, así que corrí para tomar el autobús que me deja frente a la oficina. Subí, me toco de pie, pero no importa mi trayecto es de apenas unos 10 o 15 minutos, camine al fondo para bajarme fácilmente, el bus arranco... –han visto esa escena de boy meet girl y todo transcurre en slow motion y se miran sin perder detalle uno del otro, eso justo paso-, la hilera de personas tomadas del pasamanos, él de pronto se asomo y me encontró, me miró con un cierto interés, como si fuera alguien conocido, así que pensé que estaba viendo a alguien más, mire al otro lado y nadie parecía corresponder su mirada, así que lo mire de nuevo y sus ojos estaban clavados en mi, a lo cual pensé, “creo que es a mi”, una mujer me pregunto: “¿aquí da vuelta señorita?”, es en la siguiente calle, respondí, se levanto y se fue. Él me siguió mirando desde el otro extremo del bus, me puse tan nerviosa..., me senté, dos segundos después, la persona a lado mío se paro, nadie hizo el intento por ocupar el lugar, así que él ágilmente fue preguntando “va a sentarse?” le respondían no y lo dejaban pasar, hasta que llego y me dijo “me permites” lo deje pasar “gracias” “ de nada”... todos los colores y bochornos que debo tener en mi menopausia llegaron justo en ese momento, no dejaba de mirarme y yo buscando hormigas en el piso del bus.

Otra escena de película – me decía a mi misma, míralo, dile algo, sonríele, preguntale la hora, su nombre, ALGO!!! – pero mis dientes estaban tan pegados, como el día que me pusieron los braquets, y seguía buscando el valor de mirarlo en el piso del bus, y así llegue a la calle donde trabajo, me dije, puedo seguirme un par de calles más, pero la estúpida reunión, no, no puedo debo bajarme.

Me levante, toque el timbre, me baje y justo en la calle encontré el valor para mirarlo, no deje de hacerlo, el también lo hacía - nuevamente slow motion hasta que arranco el bus - y ahí me quede viendo al bus que se llevaba al chico con el que quizá pude tener una gran historia de amor, o un romance que contarle a mis nietos.

Mi corazón latía tan fuerte, como si tuviera 15 años, mi sonrisa era enorme, el día era perfecto, bajo el influjo de mi excitación púbera me propuse encontrarlo, pero ¿cómo?, ¿en dónde? Necesitaba una cómplice para ayudarme en esta travesía de buscarlo en los poco más de 20 millones de habitantes de esta ciudad, llame a Astrid y de inmediato acepto. Nuestra misión era sencilla, sí tiene la misma ruta a diario, que es la misma que tomo yo, esto sería pan comido, redacte un texto sobre nuestro mágico y misterioso encuentro, lo imprimí en hojas de colores, nos fuimos por todo Presidente Masarik, pegándolo en paradas de autobús, postes, cabinas telefónicas, anuncios publicitarios, sería cuestión de días volverlo a encontrar en ese bus. El texto es el siguiente:

BUSCÁNDOTE

Subí al autobús como todos los días de lunes a viernes, de pronto entre toda la gente tu mirada se encontró con la mía, inesperadamente el asiento junto a mi se desocupo, te abriste camino entre la gente para sentarte a mi lado. Vestías de traje, traías puesto tus audífonos - qué escucharás? – sacaste la corbata del bolsillo del saco, hiciste el nudo, me fije en tus manos, traías un anillo muy particular... me mirabas, percibí el olor de tu loción, mi corazón latía fuerte, parecía que en cualquier minuto preguntarías algo, cualquier cosa, la hora... yo, quería saber tu nombre. Mis emociones y la razón entraron en franca confusión chocando una con la otra, no me atreví a hablarte, abrí mi bolsa buscando algo, cualquier cosa, sentí tu mirada, mi bajada se aproximaba, calle Petrarca esquina con Masarik, es ahí donde se encuentra mi oficina, me levante del asiento, toque el timbre y seguí sintiendo tu mirada, así que voltee a mirarte también, no quería bajarme pero era tarde, así que al pisar la calle me quede inmóvil para seguir mirándonos, te sonreí no se si lo notaste, el autobús se alejo, llevándote a no se donde, seguí sonriendo y al cruzar la calle casi me atropellan.

Así que, aquí estoy buscándote todos los días a las 8:45 en la parada del autobús de Sevilla, para preguntarte tu nombre

Los días pasaron y pasaron... nunca más apareció... no lo encontré... así que creo no hay manera de defender a mi inútil timidez ...¡córtenle la cabeza!